Diario Íntimo — 1983/1986
Cinta de Casete Vol. IV — Registro de Archivo
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Capítulo I

26 de julio de 1986

El teléfono sonó después de las nueve.

En aquellos años nadie llamaba a esa hora para conversar. Después de las nueve las llamadas traían noticias, problemas o personas que no querían dejar registro de haber llamado.

—Necesito hacerle dos preguntas.

La voz era masculina. Tranquila. Demasiado educada. Sospechosamente educada.

—¿Quién habla?

Me dio un nombre que olvidé casi de inmediato.

—Preferiría explicárselo personalmente.

—Eso no responde mi pregunta.

Hubo un silencio.

No incómodo.

Calculado.

—No —dijo—. Pero quizá consiga que me reciba.

Eso me hizo gracia.

Nos encontramos dos noches después.

Había libros por todas partes, una máquina de escribir, fichas, recortes, cajas con documentos y un teléfono que sonaba bastante más de lo que habría querido.

Nunca tuve una relación sentimental con el orden.

Sí con los sistemas.

No es lo mismo.

Cuando llegó, lo dejé entrar.

No parecía peligroso.

Tampoco particularmente inofensivo.

Se sentó frente a mí.

—Bien —dije—. Eran dos preguntas.

Me observó unos segundos.

—Es bastante directa.

—Eso le deja más tiempo.

Sonrió.

—Entonces arriesgaré una de las dos. ¿Por qué me recibió? Ni siquiera me conoce. Hoy no está el mundo para esas confianzas.

—Porque no confío en usted.

La sonrisa desapareció.

—Confiar y recibir a alguien son cosas distintas.

La recuperó.

Aquello pareció gustarle.

—¿Y si hubiera pensado que soy peligroso?

—No estaría sentado ahí.

Esperé que preguntara cómo había llegado a esa conclusión.

No lo hizo.

Mejor.

Abrió una carpeta de cuero y sacó una fotografía.

La dejó sobre mi escritorio.

Era la portada de un disco.

Rosada.

En el centro había una figura triangular imposible, una de esas construcciones geométricas que parecen perfectamente razonables mientras uno las contempla sin demasiada atención y se vuelven absurdas en cuanto el cerebro intenta reconstruirlas.

Fotografía Adjunta

Portada rosada / Figura triangular imposible / Sin título, ni grupo, ni sello.

No había nombre.

Ni grupo.

Ni título.

Ni sello.

—¿Qué significa? —preguntó.

—¿Esa era la segunda pregunta?

—Digamos que sí.

Tomé la fotografía.

—¿Dónde lo encontró?

—Yo no. Un cliente.

Entonces empezó a hablar con precisión.

Eso me interesó más que el disco.

La encontró en una tienda de antigüedades cerca de la antigua estación ferroviaria. El vendedor no recordaba de dónde provenía. La funda carecía de texto. El reverso era completamente rosado.

Dentro había un disco negro.

Nada más.

—¿Etiqueta?

—Nada útil.

—¿Número de catálogo?

—No.

—¿Algún grabado en la matriz?

—Estamos revisándolo.

—¿Música?

Me sostuvo la mirada.

—Esa parte nos corresponde a nosotros.

Dejé la fotografía sobre la mesa.

—Entonces no vino solamente por una interpretación.

—No.

Habían encontrado cinco copias.

Cinco en todo el país.

Ninguna permitía identificar al autor.

—¿Y alguien les paga por encontrarlas?

—Sí.

—¿Quién?

Sonrió.

—Ahí empieza mi trabajo.

Volví a mirar la imagen.

Había en ella algo irritante.

No porque fuera extraña.

La extrañeza, en general, me resulta bastante más hospitalaria que la normalidad.

Me irritaba porque parecía construida para producir una certeza: la certeza de que detrás de aquello existía una respuesta.

El viejo truco del enigma.

Prometer que el mundo todavía tiene un centro.

Anotación de Análisis

—Es una paradoja visual —dije—. Una estructura que funciona mientras uno no intenta reconstruirla.

—¿Eso significa algo?

—Todo significa algo si uno está dispuesto a cometer suficientes errores.

No sonrió. Bien.

—Pero en este caso —continué— alguien escogió una figura imposible para representar un objeto sin identidad. Eso, al menos, parece deliberado.

Se inclinó.

—¿Y el centro?

Dentro del triángulo había un espacio blanco.

No una figura.

Un vacío.

Lo observé.

—Ausencia.

No escribió.

—¿Solo eso?

—O algo que debía permanecer vacío.

Entonces sí anotó.

Lo miré mejor.

Tenía una manera extraña de escuchar. No asentía, no confirmaba, no discutía.

Almacenaba.

—Usted no es coleccionista —dije.

—No.

—Tampoco periodista.

—No.

—¿Policía?

Volvió a sonreír.

—Ya gastó sus preguntas.

—Yo nunca dije que fueran solo dos para mí.

Se rio.

Fue una risa breve, inesperadamente limpia.

Y esa fue la primera vez que pensé que volvería a verlo.

No porque me interesara él.

Eso me dije.

Me interesaba el disco.

También eso me dije.

todavía confundo con cierta facilidad las razones con las explicaciones.

No son lo mismo.

Las razones nos empujan.

Las explicaciones llegan después para salvar nuestra reputación ante nosotros mismos.

Capítulo I de II