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Capítulo I
26 de julio de 1986
El teléfono sonó después de las nueve.
En aquellos años nadie llamaba a esa hora para conversar. Después de las nueve las llamadas traían noticias, problemas o personas que no querían dejar registro de haber llamado.
—Necesito hacerle dos preguntas.
La voz era masculina. Tranquila. Demasiado educada. Sospechosamente educada.
—¿Quién habla?
Me dio un nombre que olvidé casi de inmediato.
—Preferiría explicárselo personalmente.
—Eso no responde mi pregunta.
Hubo un silencio.
No incómodo.
Calculado.
—No —dijo—. Pero quizá consiga que me reciba.
Eso me hizo gracia.
Nos encontramos dos noches después.
Había libros por todas partes, una máquina de escribir, fichas, recortes, cajas con documentos y un teléfono que sonaba bastante más de lo que habría querido.
Nunca tuve una relación sentimental con el orden.
Sí con los sistemas.
No es lo mismo.
Cuando llegó, lo dejé entrar.
No parecía peligroso.
Tampoco particularmente inofensivo.
Se sentó frente a mí.
—Bien —dije—. Eran dos preguntas.
Me observó unos segundos.
—Es bastante directa.
—Eso le deja más tiempo.
Sonrió.
—Entonces arriesgaré una de las dos. ¿Por qué me recibió? Ni siquiera me conoce. Hoy no está el mundo para esas confianzas.
—Porque no confío en usted.
La sonrisa desapareció.
—Confiar y recibir a alguien son cosas distintas.
La recuperó.
Aquello pareció gustarle.
—¿Y si hubiera pensado que soy peligroso?
—No estaría sentado ahí.
Esperé que preguntara cómo había llegado a esa conclusión.
No lo hizo.
Mejor.
Abrió una carpeta de cuero y sacó una fotografía.
La dejó sobre mi escritorio.
Era la portada de un disco.
Rosada.
En el centro había una figura triangular imposible, una de esas construcciones geométricas que parecen perfectamente razonables mientras uno las contempla sin demasiada atención y se vuelven absurdas en cuanto el cerebro intenta reconstruirlas.
Fotografía Adjunta
Portada rosada / Figura triangular imposible / Sin título, ni grupo, ni sello.
No había nombre.
Ni grupo.
Ni título.
Ni sello.
—¿Qué significa? —preguntó.
—¿Esa era la segunda pregunta?
—Digamos que sí.
Tomé la fotografía.
—¿Dónde lo encontró?
—Yo no. Un cliente.
Entonces empezó a hablar con precisión.
Eso me interesó más que el disco.
La encontró en una tienda de antigüedades cerca de la antigua estación ferroviaria. El vendedor no recordaba de dónde provenía. La funda carecía de texto. El reverso era completamente rosado.
Dentro había un disco negro.
Nada más.
—¿Etiqueta?
—Nada útil.
—¿Número de catálogo?
—No.
—¿Algún grabado en la matriz?
—Estamos revisándolo.
—¿Música?
Me sostuvo la mirada.
—Esa parte nos corresponde a nosotros.
Dejé la fotografía sobre la mesa.
—Entonces no vino solamente por una interpretación.
—No.
Habían encontrado cinco copias.
Cinco en todo el país.
Ninguna permitía identificar al autor.
—¿Y alguien les paga por encontrarlas?
—Sí.
—¿Quién?
Sonrió.
—Ahí empieza mi trabajo.
Volví a mirar la imagen.
Había en ella algo irritante.
No porque fuera extraña.
La extrañeza, en general, me resulta bastante más hospitalaria que la normalidad.
Me irritaba porque parecía construida para producir una certeza: la certeza de que detrás de aquello existía una respuesta.
El viejo truco del enigma.
Prometer que el mundo todavía tiene un centro.
Anotación de Análisis
—Es una paradoja visual —dije—. Una estructura que funciona mientras uno no intenta reconstruirla.
—¿Eso significa algo?
—Todo significa algo si uno está dispuesto a cometer suficientes errores.
No sonrió. Bien.
—Pero en este caso —continué— alguien escogió una figura imposible para representar un objeto sin identidad. Eso, al menos, parece deliberado.
Se inclinó.
—¿Y el centro?
Dentro del triángulo había un espacio blanco.
No una figura.
Un vacío.
Lo observé.
—Ausencia.
No escribió.
—¿Solo eso?
—O algo que debía permanecer vacío.
Entonces sí anotó.
Lo miré mejor.
Tenía una manera extraña de escuchar. No asentía, no confirmaba, no discutía.
Almacenaba.
—Usted no es coleccionista —dije.
—No.
—Tampoco periodista.
—No.
—¿Policía?
Volvió a sonreír.
—Ya gastó sus preguntas.
—Yo nunca dije que fueran solo dos para mí.
Se rio.
Fue una risa breve, inesperadamente limpia.
Y esa fue la primera vez que pensé que volvería a verlo.
No porque me interesara él.
Eso me dije.
Me interesaba el disco.
También eso me dije.
todavía confundo con cierta facilidad las razones con las explicaciones.
No son lo mismo.
Las razones nos empujan.
Las explicaciones llegan después para salvar nuestra reputación ante nosotros mismos.
Capítulo II
Iguána Bar — Valparaíso
No tengo una voz dentro de la cabeza diciendo “prohibido”. Tengo algo peor: razones perfectamente construidas para no hacer nada Y esa noche empecé a sospechar de todas.
Habían colocado micrófonos en mi departamento.
Encontramos el primero detrás de un enchufe. El segundo estaba sujeto bajo la mesa donde yo trabajaba. Había otro dentro de la lámpara y uno más oculto en el lomo hueco de un libro que yo no recordaba haber comprado.
No sabía cuánto tiempo llevaban allí.
Él dijo que debíamos salir.
No pregunté adónde.
Bajé con él por las escaleras, procurando no mirar hacia las ventanas de los edificios vecinos.
Meneses nos esperaba en el auto.
Era joven y demasiado guapa. No «guapa» en ese sentido administrativo de la palabra, esa cortesía estética con la que uno clasifica un rostro agradable y sigue adelante.
Meneses obligaba a seguir mirando.
Había, también, en ella algo excesivamente consciente de su propia belleza, pero sin la vulgaridad de quien necesita exhibirla. Era peor: parecía saber perfectamente lo que producía y haber decidido que administrarlo no era asunto suyo.
Me observó al subir.
—Ella es Meneses —dijo él.
—Ya veo.
Meneses sonrió.
—Espero que eso no sea un diagnóstico.
Me cayó bien inmediatamente.
Había traído flores.
No precisamente para ponerlas en agua.
Las probamos.
Meneses arrancó. Durante el trayecto casi no habló. Conducía mirando más veces el espejo retrovisor de las necesarias.
Llegamos al Iguána Bar poco antes de medianoche.
El nombre estaba escrito en un letrero pequeño, torcido sobre una puerta verde. El local quedaba en una calle inclinada de Valparaíso, lejos de los bares llenos y de la música que salía hacia las veredas. Desde afuera parecía cerrado. Desde dentro parecía no haber abierto nunca del todo.
Había pocas personas.
No las suficientes para formar una multitud, pero sí las necesarias para que nadie pudiera determinar con claridad quién observaba a quién.
Meneses eligió una mesa lateral desde la que podía ver la entrada, el pasillo hacia los baños y una segunda puerta cubierta por una cortina negra. Él se sentó a mi lado. Yo quedé frente a una pequeña pista iluminada por dos focos verdosos.
En el centro bailaba una pareja.
No era exactamente ballet.
Tampoco era teatro, aunque había algo deliberadamente escénico en sus movimientos. La mujer llevaba el cabello recogido y un traje dorado que revelaba la tensión de los músculos de la espalda. El hombre vestía de azul. No se movían al ritmo de la música: parecían obligar a la música a seguirlos.
Ella avanzaba.
Él retrocedía.
Después cambiaban.
A ratos se perseguían. A ratos daban la impresión de protegerse de algo que se encontraba fuera de la pista. En un momento, él la sostuvo por la cintura y ella se dejó caer hacia atrás hasta que el cabello casi tocó el suelo.
Durante unos segundos, su cuerpo dependió por completo de la fuerza y de la voluntad de otro.
Yo no podía dejar de mirarlos.
Él me pasó un vaso de coñac.
—Despacio —dijo.
Lo olí antes de beber.
Conocía su composición. Sabía cómo sería absorbido, qué receptores alteraría y qué regiones del cerebro perderían precisión primero. Podía haber descrito cada una de sus consecuencias sin acercar el líquido a mis labios.
Bebí.
El coñac me quemó la lengua. Después descendió como una línea cálida por la garganta y se abrió en el pecho.
Tuve que cerrar los ojos.
No por el sabor, sino por la sorpresa.
Ninguna definición contenía aquello.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
—Está caliente.
Sonrió.
—Es coñac.
—Ya sé qué es.
—No parece.
Lo miré. Estaba burlándose de mí, pero sin crueldad.
Tomé otro sorbo.
Diálogo & Reflexión
—Ser sincero no es lo mismo que ser autentico, por eso desconfío para algunas cosas de la gente tan honesta. —dijo.
—Al menos estamos de acuerdo en que son conceptos diferentes —dijo en tono bromista y desafiante.
Conceptos diferentes con una enemiga en común
—¿La verdad? —Dijimos casi a dúo.
Nos reímos y ya fuimos diferente. Como esas anécdotas intimas que dos personas comparten y que de algún modo las conectan, esas coincidencias raras que mas cercanos nos pueden hacer.
Antes que llegara ese día ya había leído su expediente por eso lo deje entrar no es que yo sea tan valiente le confesé.
Su manual … bastante moderno agregó. Y desconcertantemente atrevido Lo dijo de manera ambigua incluso con algo de recriminación y a la luz de los hechos algo de razón tenía, mi conocimiento teórico estabs siendo puesto a prueba y reprobado en el mismo movimiento.
Me alagó y se me debe haber notado cuando dijo que leyó mi tesis de farmacología social y me alarmó con efecto retardado unos días después cuando como un flachazo recordé que me había dado a entender que los radioescuchas también.
Di una calada honda.
Tosí.
El humo me raspó la garganta y se me llenaron los ojos de lágrimas.
Meneses comenzó a reírse y me quitó el bong.
—No se ría. —Le dije a él.
—No me río, contestó.
—Está sonriendo.
—Es diferente.
Me comi un trozo de chocolate de los que el me ofreció el efecto apareció unos minutos después.
Los bordes de las cosas perdieron dureza.
La luz se volvió más espesa.
Mi mente y mi cuerpo por fin de acuerdo en algo, concordaron en tibia laxitud.
La marihuana no me quitó lucidez: la volvió voluptuosa. Bajó el volumen de esa parte del cerebro que anticipa, corrige y censura, y dejó subir lo que normalmente permanece debajo del lenguaje. La música vibrante me penetró. El vestido empezó a rozarme desde dentro. Cada respiración adquirió una hondura casi táctil. No estaba menos consciente; estaba consciente de demasiadas cosas a la vez, como si mi cuerpo hubiera dejado de ser una posesión silenciosa y comenzara, por fin, a contarme su versión de los hechos.
Sobre el escenario apareció una palabra:
CARICIA
La palabra parecía sencilla hasta que intenté recordar una.
Conocía su forma en los libros y en el cine. Sabía reconocer la pausa, la lentitud, ese modo de tocar que no toma ni empuja. Podía comprender lo que una caricia debía provocar sin poseer un solo recuerdo verdadero de ella.
La bailarina estaba en el centro.
Levantó una mano y la acercó al rostro. Los dedos bajaron por la mejilla, siguieron por el cuello y se abrieron sobre las clavículas. Repitió el movimiento, esta vez más lento, como si la primera pasada hubiera dejado algo que necesitaba comprobar.
El bailarín salió de las sombras.
Se detuvo a varios pasos de ella y repitió el gesto había algo inocente en aquella imitación, pero también algo íntimo. Dos desconocidos aprendían a tocarse ensayando primero sobre sus propios cuerpos.
Meneses me ofreció el bong.
Lo recibí sin apartar los ojos del escenario.
Aspiré.
El humo bajó tibio y la música ganó volumen dentro de mí. Sentí con demasiada claridad el aire sobre el pecho, el peso de mis brazos, los bordes del vestido.
Parecían escribir entre ambos.
No una palabra conocida. Algo anterior a las palabras: una línea que buscaba dónde posarse, una presión, una pausa, un trazo que empezaba en uno y encontraba su sentido en el otro.
Se aproximaron en curvas.
La bailarina abandonaba el centro y regresaba a él. El hombre ocupaba el sitio que ella acababa de dejar. Nunca la perseguía. Era la propia secuencia la que los reunía.
Cada vez las manos se encontraban con mas osadía.
Cada vez mas curiosas cada vez mas asiduas.
El cerebro ensaya en secreto cuanto observa. Prepara músculos que no llegarán a moverse, anticipa el peso de un cuerpo ajeno, reproduce una expresión antes de comprenderla. Pero aquello había empezado a ir más lejos.
No copiaba a la bailarina.
La intuía.
Antes de que volviera el rostro, algo en mi cuello ya esperaba. Antes de que levantara el pecho, mi respiración se había vuelto más agitada.
La bailarina era mi avatar cannabico.
Miré a Meneses.
Miraba el escenario. De vez en cuando desplazaba la pierna bajo aquella mano y el gesto cambiaba de intensidad sin cambiar de lugar. Entre ellos no había preguntas. Tampoco esa atención exagerada de quienes necesitan comprobar el efecto que producen.
Se conocían.
Eso era lo que me atraía.
No la mano explorando el muslo, sino la tranquilidad con que permanecía allí. Yo habría sentido cada dedo por separado. Habría intentado comprender qué anunciaba, hasta dónde pensaba llegar, qué respuesta esperaba de mí. Meneses sólo respiraba. Permitía que la caricia encontrara su propio ritmo y respiraba.
El bailarín no imponía el movimiento. Leía lo que el cuerpo de ella iba haciendo y ajustaba la mano. La bailarina respondía con cambios mínimos: una rodilla que cedía, el peso entregado durante un instante, la demora antes de completar el giro.
sentí curiosidad por el peso de esa palma. Por la temperatura que habría bajo los dedos. Por la extraña facilidad con que ella aceptaba una presencia tan cercana sin volverla un problema.
Entonces me imaginé recibiéndola.
No pensé en lo que vendría después.
Sólo en la mano allí.
Tomé el bong y me levanté.
El hombre me vio acercarme sin retirar la palma del muslo de Meneses.
—Ven —dijo—. Aquí no hay micrófonos.
Fue la primera vez que me tuteó.
—Eso no puedes saberlo.
—Entonces rastrearemos —dijo y volvió a mirar el baile.
Ella se acomodó enseguida, repartiendo el peso entre su hombro y el mío. La mano de él se retiró para dejarme entrar. Agradecí el gesto y lamenté su ausencia con una sinceridad que la marihuana volvió casi divertida.
No quería que me tocara.
Todavía no.
Quería saber qué ocurría dentro de mí al pensar que podía hacerlo.
El bong quedó sobre mis muslos. Meneses tomó mi brazo y lo dejó detrás de ella, como si ése fuera el lugar más natural para ponerlo. Su cuerpo descansó contra el mío sin ceremonia.
Él volvió a mirar el escenario.
Yo también.
la bailarina giró sobre una pierna. La otra se elevó y quedó sostenida por las manos de él. El contacto no interrumpió la línea del cuerpo: la prolongó. Cuando ella descendió, una palma siguió el muslo hasta que el pie volvió al suelo.
La mano permaneció.
Ella pudo continuar la secuencia.
No lo hizo.
la caricia se había extendido por todo el cuerpo. Los movimientos sin ser explícitos eran evidentes.
la bailarina no recibía pasivamente. Aumentaba la presión al acercarse, la volvía leve al retirarse, desplazaba la sensación con la respiración. La mano proponía algo; ella decidía cuánto podía crecer.
El bailarín la soltó.
La ausencia produjo una contracción breve en el muslo, como si el cuerpo intentara retener el contacto por sí solo.
La marihuana había borrado la distancia necesaria para seguir siendo una simple espectadora. Mis piernas se tensaban con las suyas. Mi respiración encontraba sus pausas. Cuando ella regresó hacia la mano, algo en mí ya la estaba esperando.
Meneses se acomodó más cerca.
El hombre pasó el brazo por detrás de ambas y volvió a apoyar la mano sobre el muslo de ella. Quedó junto al mío, separada apenas por la línea de nuestras piernas.
me rozaba y eso me comunicaba el ritmo.
La proximidad bastaba para que yo imaginara cada movimiento.
El pulgar avanzó.
Meneses abrió un poco la pierna.
Yo permanecí quieta.
En el escenario, la bailarina tomó las manos de su compañero y las hizo descender nuevamente. Esta vez no corrigió el lugar. Corrigió la velocidad.
Más despacio. Yo la sentí.
La caricia siguió los bordes del movimiento: el muslo que se tensaba al sostenerla, el vientre que respondía con la respiración, el pecho que se abría al inclinarse. Todo estaba relacionado. Nada ocurría sólo donde tocaban las manos.
La excitación no era un punto. Era una forma de reunir el cuerpo.
Ella volvió a girar. Las manos aparecían y desaparecían entre los pasos, pero cada contacto contenía los anteriores. El muslo ya conocía la presión. La espalda anticipaba. La respiración se alteraba antes de que los dedos llegaran.
El bailarín la recibió de frente.
Ella apoyó las manos sobre su pecho y él cerró los ojos.
La caricia cambió de dirección.
La bailarina sintió cómo el cuerpo del hombre cedía bajo sus palmas. Algo en su rostro se abrió: no una sonrisa, sino el descubrimiento de que también podía recibir mientras tocaba. La respiración de él volvía por sus dedos y entraba en ella.
Acariciar podía ser eso.
Sentir en la mano aquello que una provoca.
Meneses inclinó la cabeza hacia mí.
—¿Estás bien?
Asentí.
No quise decir que estaba mejor de lo que sabía explicar.
Ella tomó el bong, aspiró y me lo devolvió. La mano del hombre seguía sobre su muslo. Ahora los dedos se movían con más lentitud, quizá porque la obra les había impuesto su propio ritmo.
Miré el escenario.
La bailarina había vuelto al centro. Su compañero quedó detrás. Las manos descendieron por los costados y encontraron los muslos al mismo tiempo. Ella dobló las rodillas y bajó lentamente, sostenida por aquel contacto.
Él descendió con ella.
Quedaron frente a frente.
Las palmas se unieron como al principio, pero ya no eran las mismas manos. Habían aprendido la presión, la espera, los límites que podían rozarse sin necesidad de atravesarlos.
La bailarina tomó una de ellas y la llevó a su sexo.
La sostuvo allí.
Comenzó a moverse bajo la palma.
Primero apenas.
Después con una cadencia más profunda, nacida de la respiración. La pierna avanzaba hacia el contacto y se retiraba; cada regreso encontraba una mano más atenta y un cuerpo menos dispuesto a ocultar su respuesta. el sexo del bailarin en esas mallas parecía reventar.
El temblor apareció en mis rodillas.
Subió por el muslo.
Alcanzó el vientre y desordenó la respiración.
El bailarín no aumentó la presión.
No buscó otra cosa.
Permaneció.
Eso fue lo que terminó de encender la escena.
La caricia crecía sin necesidad de avanzar. Había encontrado un lugar y escuchaba lo que ocurría allí. El cuerpo de ella hacía el resto: reunía cada contacto anterior, lo desplazaba, lo devolvía convertido en una sensación más intensa.
La bailarina arqueó la espalda.
Luego volvió hacia la mano.
Repitió el movimiento.
Ya no parecía seguir la música. La música empezaba a seguirla a ella.
Meneses respiraba junto a mi oído.
Hasta esa noche había pensado que una caricia era algo que se recibía desde afuera.
Ahora sabía que una mano podía quedarse quieta y, aun así, seguir avanzando.
No sobre el cuerpo.
Dentro de él.
Yo sostenía el bong sin encenderlo.
Su boca se abrió al tomar aire. Los dedos del hombre tenían cierta expertiz. El temblor recorrió otra vez sus piernas, más lento, más hondo.
Apoye mi cabeza sobre el hombre me tensaba sobre el sofa.
La mano de menses apreto mi muslo yo quería abriro cerrarlo unirme a su desesperación.
La bailarina se inclinó hasta apoyarse de frente contra su compañero. Permanecieron unidos por una respiración que ya no conservaba ninguna disciplina.
Acontecimiento Final
La música la luz y todo se desvaneció. Disparos y un apagón
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