Ayer volví a verla.
Habíamos dispuesto el encuentro en el bar del hotel para comprobar dos cosas: si reconocía a Valdés después de haberlo visto una sola vez en Tribunales y si reaccionaba ante la mención casual de la pintura. Cumplió ambas pruebas y fingió no haber cumplido ninguna.
Llegó siete minutos tarde. No se disculpó hasta estar sentada. Eligió un lugar desde el cual podía ver la entrada reflejada en la botella del estante, aunque no creo que lo hiciera de manera consciente. Conviene precisar esto: todavía no tiene hábitos operativos. Tiene disposiciones. Si alguien se apresura a enseñarle trucos, probablemente arruinará lo mejor que posee.
Vestía de negro. El efecto sobre Valdés fue inmediato y bastante más visible de lo que él supone. Ella lo notó durante el saludo, pero no utilizó la ventaja. Eso también interesa.
No es tímida.
Una mujer tímida habría reducido su presencia o habría compensado el nerviosismo hablando demasiado. Ella hizo otra cosa: se mostró disponible sin avanzar un centímetro más de lo necesario. El cuerpo orientado hacia la conversación, las manos a la vista, la expresión amable. Ninguna señal defensiva evidente. Sin embargo, al cabo de cuarenta minutos Valdés había hablado de su hermano, de la galería y de una casa en Providencia, mientras nosotros seguíamos sabiendo de ella exactamente lo mismo que antes.
Cuando él mencionó al restaurador, ella sonrió.
No fue satisfacción ni sorpresa. Fue reconocimiento.
Lo dejó continuar.
Ése es el momento por el cual escribo esta nota.
La muchacha no tiene entrenamiento para conducir una entrevista. No conoce la técnica del retorno diferido ni la utilidad de introducir un error deliberado para que el interlocutor lo corrija. Aun así, comprendió que Valdés acababa de confirmar una relación que había negado veinte minutos antes. También comprendió que no debía enfrentarlo todavía.
La mayoría de nuestros candidatos quiere demostrar que ha descubierto algo.
Ella prefiere averiguar cuánto más puede descubrir antes de que el otro advierte su error.
Eso no se enseña fácilmente.
Tiene veinticinco años y trabaja como procuradora. Su superior la utiliza para revisar causas que nadie más quiere revisar porque es rápida, no protesta y todavía cree que el contenido de los documentos importa.
La investigación comenzó con una discrepancia menor.
El marco del cuadro lleva una numeración que no corresponde al inventario de la familia propietaria. Ella podría haberla atribuido a una restauración antigua y cerrar el asunto. En cambio, revisó dos sucesiones, una compraventa, los registros de una casa de remates y el expediente de una propiedad expropiada. Después separó dos cuestiones que incluso personas con formación confunden: el cuadro como objeto transmisible y la pintura como superficie intervenida.
No sabe todavía qué busca.
Sabe que alguien necesitó modificar tanto la historia del objeto como aquello que el objeto muestra.
Ha localizado una capa anterior bajo el sector izquierdo de la tela. Allí había una figura. No está raspada: fue cubierta con una mezcla preparada para imitar el envejecimiento del resto. Según el restaurador, la intervención es posterior a 1976. Según los documentos, nadie tocó la obra después de 1969.
Ella no ha comunicado este dato a la familia.
Tampoco a la policía.
Cuando le pregunté por qué, respondió que todavía no sabía cuál de las dos instituciones tenía más interés en que la pintura no hablara.
No son palabras propias de una ingenua.
Sin embargo, lo es.
Ésa es una de sus contradicciones.
Es católica de una forma que ya empieza a causarle problemas.
No me refiero a la práctica regular ni a una obediencia doctrinal especialmente firme. Conserva algo más persistentemente: la idea de que cada acto debe responder ante una instancia interior, aun cuando nadie llegue a conocerlo.
No le resultará sencillo mentir.
Podrá callar. Ya sabe hacerlo. Podrá entregar una versión incompleta y defenderla con exactitud literal. Pero una falsedad directa le dejará marcas, al menos al principio.
No considero esto una desventaja definitiva.
Quienes mienten con demasiada facilidad terminan haciéndolo también dentro del equipo. Prefiero a alguien que deba justificar su primera mentira antes que a otro que ya no recuerde cuál fue la última.
Su problema será distinto: confunde todavía la limpieza de intención con la corrección del acto. Cree que una persona honrada puede atravesar ciertos procedimientos sin contaminarse. Tendrá que descubrir que a veces hacemos lo correcto mediante recursos que no soportarían una homilía.
No sé qué quedará de ella después de aprenderlo.
Ésa es la apuesta.
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