Entrada de Cuaderno
Fue a fines de 1979, o quizá ya comenzaba 1980. No recuerdo la fecha exacta.
Recuerdo otras cosas.
El teléfono sonó después de las nueve. En esa época nadie llamaba a esa hora para conversar.
—Necesito hacerle dos preguntas.
(La voz era masculina. Tranquila. Demasiado educada.)
—¿Quién habla?
(Me dio un nombre que olvidé casi de inmediato.)
—Preferiría explicárselo personalmente.
—Eso no responde mi pregunta.
(Hubo un silencio al otro lado.)
—No. Pero quizá consiga que me reciba.
Eso me hizo gracia.
Nos encontramos dos noches después. Yo trabajaba entonces desde un departamento antiguo que usaba también como oficina. Libros por todas partes, una máquina de escribir, fichas, recortes y un teléfono que sonaba más de lo que me habría gustado.
Cuando llegó, lo dejé entrar. No parecía peligroso. Tampoco parecía particularmente inofensivo. Se sentó frente a mí.
—Bien —dije—. Eran dos preguntas.
(Me observó unos segundos antes de hablar.)
—Es bastante directa.
—Eso le deja más tiempo.
(Sonrió.)
—Entonces arriesgaré una de las dos. ¿Por qué me recibió? Ni siquiera me conoce. Hoy no está el mundo para esas confianzas.
—Porque no confío en usted.
La sonrisa desapareció.
—Confiar y recibir a alguien son cosas distintas.
Eso pareció gustarle.
—¿Y si hubiera pensado que soy peligroso?
—No estaría sentado ahí.
Esperé que preguntara cómo lo habría decidido. No lo hizo. Mejor.
Portada rosada / Figura triangular imposible / Sin título, ni sello, ni marca.
Abrió una carpeta de cuero y sacó una fotografía. La puso sobre mi escritorio. Era la portada de un disco. Rosada. En el centro había una figura triangular imposible. Una construcción que obligaba a mirarla dos veces porque la primera mirada siempre mentía. No había nombre. Ni grupo. Ni título. Ni sello.
—¿Qué significa? —preguntó.
—¿Esa era la segunda pregunta?
—Digamos que sí.
Tomé la fotografía.
—¿Dónde lo encontró?
—Yo no. Un cliente.
Por primera vez empezó a hablar con precisión. El disco había aparecido en un mercado de objetos usados cerca de una antigua estación ferroviaria. El vendedor no recordaba de dónde provenía. La funda no tenía texto. El reverso era completamente rosado. Dentro había un vinilo negro. Nada más.
—¿Etiqueta?
—Nada útil.
—¿Número de catálogo?
—No.
—¿Grabado en la matriz?
—Estamos revisándolo.
—¿Música?
Me sostuvo la mirada.
—Esa parte nos corresponde a nosotros.
Dejé la fotografía sobre la mesa.
—Entonces no vino solamente por una interpretación.
—No.
Habían encontrado cinco copias. Cinco en todo el país. Ninguna permitía identificar al autor.
—¿Y alguien les paga por encontrarlas?
—Sí.
—¿Quién?
Sonrió.
—Ahí empieza mi trabajo.
Volví a mirar la fotografía. La imagen tenía algo irritante. No porque fuera extraña. Porque parecía construida para hacer creer que detrás de ella existía una respuesta. Un triángulo imposible. Una figura cerrada que no podía existir.
—Es una paradoja visual —dije—. Una estructura que funciona mientras uno no intente reconstruirla.
—¿Eso significa algo?
—Significa que alguien eligió una imagen imposible para representar un objeto sin identidad.
—Eso suena deliberado.
—Probablemente lo sea.
Se inclinó hacia delante.
—¿Y el centro?
Dentro de la figura había un vacío blanco. Lo observé un momento.
—Ausencia.
No escribió.
—¿Solo eso?
—O algo que debía permanecer vacío.
Entonces sí anotó.
Lo miré mejor. Tenía una manera extraña de escuchar. No asentía. No confirmaba. No discutía. Guardaba.
—Usted no es coleccionista —dije.
—No.
—Tampoco periodista.
—No.
—¿Policía?
Sonrió otra vez.
—Ya gastó sus preguntas.
—Yo nunca dije que fueran solo dos para mí.
Se rio.
Fue la primera vez que pensé que volvería a verlo.
